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CI: ¿nadie da lo que no tiene o nadie tiene lo que no da?

Con la idea de seguir publicando contenido de valor, compartimos la siguiente nota de Motiva Comunicación:

 

“Solo quien piensa lo más profundo, ama lo más vivido”, afirmaba el poeta romántico alemán Friedrich Hölderlin, y tal vez precisamente por eso tenga sentido que en algún momento realicemos una pausa para repensar los fundamentos de nuestro quehacer profesional y dar respuesta a preguntas tales como ¿qué tipo de bien es la CI? ¿Qué tipo de bien es la comunicación, en general?

Aunque en apariencia se trata de preguntas filosóficas y abstractas, de su respuesta depende muy en concreto cómo es la comunicación interna que llevamos a cabo dentro de las organizaciones, pues solo podemos gestionar estratégicamente una realidad, la comunicación o la que fuere, si hemos dado respuesta a la pregunta acerca de qué es y, en consecuencia, cómo funciona esa realidad.

Así, por ejemplo, con respecto a esa comunicación interna podríamos preguntarnos si lo que se le aplica es la frase tan conocida según la cual “nadie da lo que no tiene” o, por el contrario, si acerca de ella puede plantearse una mirada novedosa y un tanto disruptiva, la que afirma que propiamente “nadie tiene lo que no da” y que, más aún, todo lo que no se da en comunicación interna, se pierde.

Esa distinción se fundamenta en que no todos los bienes son del mismo tipo, sino que hay tres grandes categorías de bienes: los posesionales, los relacionales y los inclusivos, es decir, los que se pierden si se dan, los que solo se tienen propiamente si se entregan y, finalmente, aquellos que se poseen solo en cuanto son recibidos.

Afirma entre otros la pensadora italiana Roberta Paltrinieri que los bienes humanos, o los que definimos como tales, pueden dividirse en dos grandes grupos:

1)  Bienes posesionales: aquellos bienes que podemos poseer por su carácter material y que, precisamente por esa materialidad, dejamos de poseerlos si los damos, nos los quitan o los perdemos. El ejemplo más claro es, sin duda, el dinero, aunque todo lo anterior puede afirmarse del mismo modo de cualquier bien que posea un carácter material.

 

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El dinero es el «bien posesional» por antonomasia, se pierde al darlo.

2) Bienes relacionales: que solo existen como tales en la relación, bienes que solo se cumplen en cuanto que se dan.

Así, de los primeros podríamos decir que se explican por esa frase tan conocida que afirma que “nadie da lo que no tiene”, mientras que de los segundos podríamos afirmar que “nadie tiene lo que no da”.

Pensemos, por ejemplo, en una clase, y pensemos también en por qué utilizamos tan comúnmente la expresión “dar clase”. Si una clase no se da, es decir, si una clase no se convierte en comunicación, se mantiene tan solo como un contenido de conciencia del profesor, pero como clase propiamente dicha existe únicamente cuando ese contenido de conciencia se comunica a un destinatario, lo que perfectamente podría aplicarse a la comunicación interna, que existe solo en cuanto una organización comunica a sus públicos internos de interés.

Pero estos “bienes relacionales” poseen además otra característica, que los diferencia esencialmente de los “bienes posesionales”, y es que no se pierden al darlos, sino que se conservan y hasta se incrementan al ser compartidos.

 

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Los «bienes relacionales» son precisamente los que se tienen al darse.

Entregar contenidos comunicativos a nuestros públicos internos no debe generar reticencia o temor, ya que empoderarlos en realidad otorga poder a la organización. Es un claro ejemplo de la comunicación interna como un bien relacional, es decir, la organización solo la tiene en la medida en que la entrega. Además, es crucial entender que la organización no pierde estos contenidos al compartirlos con su público interno.

Así, la comunicación es un bien social de tal naturaleza que se convierte precisamente en bien en cuanto se lo entrega. Antes de eso, como en el ejemplo citado de la clase, es tan solo un contenido interno, un contenido de la que podríamos llamar la conciencia de la organización, pero no parte de su comunicación.

Es cierto que muchas organizaciones consideran sus contenidos destinados a la comunicación interna como “bienes posesionales”, y ésa es la principal razón que explica la escasa o nula comunicación que lleva a cabo la organización con sus públicos internos de interés, la errónea creencia de que construir significados compartidos por medio de la comunicación resta poder comunicativo a la organización que comunica.

Ahora bien, existe un tercer tipo de bienes que no aparecen considerados por Paltrinieri y que explican qué es la comunicación, y más en concreto la comunicación interna, de un modo más profundo que el que se obtiene al pensarla tan solo como un “bien relacional”, lo que de por sí ya no sería poca cosa con respecto a su sola consideración como bien posesional.

Se trata de los “bienes inclusivos” a los que se refiere el filósofo español Alejandro Llano, bienes destinados a otros, y que se cumplen como bienes solo en cuanto que su destinatario los recibe y producen un cambio. Por volver al ejemplo de la clase, una clase es clase en cuanto que se da, el que la da no la pierde, es más, la tiene al darla, pero puede resultar incomprensible, o de contenidos inútiles o inaplicables, es decir, no cumple su finalidad comunicativa, que no es solo la información de un contenido al destinatario, sino también transformación, y eso es lo que no acontece cuando tan solo pensamos la CI en términos informacionales o contenidistas: la CI es performativa, no solo ni primariamente informativa, al menos la CI que crea sentido y cultura organizacional.

 

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Los «bienes inclusivos» son aquellos que se convierten precisamente en bienes cuando cumplen la esencia del proceso que les es propio.

Así, no basta con poseer contenidos comunicativos, no es suficiente con comunicarlos, solo hay comunicación cuando el proceso se cumple en la recepción por parte del público de interés destinatario de esos contenidos y lo mueve a la acción.

Desde luego que pensar la comunicación interna como “bien relacional” es de por sí mucho más fecundo que considerarla tan solo como un “bien posesional”, pero aun de ese modo es una mirada insuficiente pues la comunicación es más que relación, la comunicación es más que conexión y contacto, la comunicación es fundamentalmente inclusión y transformación y, volviendo a Hölderlin, no pensarla de ese modo es vivirla mucho menos.

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